Yo solo quería…

Hoy recibí este escrito de alguien a quien quiero muchísimo y no pude evitar conmoverme. No pude evitar sentir estas palabras dentro de mi piel. Aquí les comparto.

¡Que tengan una excelente semana!

Yo solo quería ser feliz.

Yo solo quería que me dejaran cumplir mis sueños: yo solo quería ser una gran deportista y llegar muy lejos, sin que nadie se atreviera a juzgar qué tan mujer soy.

Yo solo quería divertirme leyendo muchísimos libros. 

Yo solo quería poder soñar con tener una familia, con hijos y un esposo que me aceptara como soy.

Yo solo quería salvar el mundo.

Yo solo quería que la gente que esta sufriendo y quiere abandonar la vida, pudiese encontrar una salida que les motivara a seguir en este mundo.

Yo solo quería que los jóvenes que (como yo), pensaban que no podrían aspirar a nada mejor que esto, supieran que sus vidas podían ser mejor que las de sus padres.

Yo solo quería que todo el mundo que hoy siente que no nació para ser amado, sepa que nacimos para dar y recibir amor de manera infinita.

Yo solo quería que aquellos que no se sienten capaces de mirar a los ojos como yo, pudiésemos vernos y fundirnos en la mirada infinita de aquella persona que sentimos como el cielo mismo.

Yo solo quería que supieran, que no son los únicos…

Yo solo quería que supieran… que no estamos solos. 

El Sagrado Derecho a Cometer Errores

Siguiendo las señales que me muestran en estos días, hoy amanecí con la intuición de escribir sobre lo que llamo “el sagrado derecho a cometer errores”.

Con frecuencia, desde nuestras “buenas intenciones” sentimos la necesidad de ayudar a los demás. Acudir a ellos y tratar de sanarles o acompañarles a superar sus obstáculos, a sentirse más  acompañados, menos frustrados, etc.  Señalo entre comillas las “buenas intenciones” dado que en muchas de estas ocasiones, las personas a las que consideramos como “necesitadas” en realidad no están pidiendo nuestra ayuda.

Es así como desde nuestro ego, pensamos que somos buenos, compasivos y misericordiosos al ir y ofrecer nuestra ayuda y arreglarle la vida a los demás; cuando en realidad estamos siendo invasivos, pues nadie nos ha pedido la ayuda.

No digo que siempre sea esto cierto. Realmente está en nuestra intuición y en la relación que tengamos con la persona en cuestión, el reconocer si realmente aquella persona necesita nuestra ayuda y hasta qué punto debemos intervenir, y hasta qué punto realmente se trata de nuestro ego queriendo validarnos y buscar algún pretexto para seguir aferrándonos a personas, relaciones o situaciones a las que ya es hora de dejar ir.

Por eso, la próxima vez que sientas la necesidad, el impulso de saltar a socorrer a alguien que ya no está (o nunca ha estado) en tu vida, pregúntate:

Es mi intervención lo que realmente  me está pidiendo esta persona?, Hasta qué punto se trata de su necesidad y no de mi sensación de angustia si no intervengo?, Hasta donde le estoy permitiendo a aquella persona hacerse responsable de su realidad y pedir ayuda? – si intervengo, no estaría quitándole este derecho?

Conectarnos con nuestra verdadera voz, nuestra intuición, nos permitirá poco a poco ir reconociendo qué es realmente lo que necesitamos hacer (o dejar de hacer).

¿Hasta qué punto puedo aceptar que dejar ir es un acto de amor mil veces más grande que invadir al otro ofreciendo mi ayuda?

Laberinto de Emociones en un día cualquiera

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Hoy decidí tomarmelo un poco más personal; voy a escribir en primera persona. Desde el cuadrante superior izquierdo (para los seguidores de Ken Wilber – LOL!!!).

No se qué puedo parecer por fuera pero por dentro, hay días en los que me meto en un remolino de emociones. Todo se nubla, me siento absorbida por un hueco de bruma, niebla, agua turbia y no puedo respirar. Quiero tener el control, poderlo predecir todo, poder tomar la decisión adecuada en el momento perfecto, la opción más segura y beneficiosa para mi y para todos. Pero en el fondo, admito que odio decidir. Son miles de factores que influyen, lo puedo racionalizar y darle una explicación a todo, pero eso no soluciona nada al final.

Me pesa la cabeza, me duele el corazón, la piel, los hombros, siento cada músculo y células cargadas de un voltaje que me tensiona. Dureza, frío, dolor, que se traduce en angustia, zozobra, pesadez y por último… termina en desgano, inacción,  y lo que es peor: desesperanza.

Pero la vida sigue. Conmigo o sin mi.

Así que eventualmente tengo que poder salir de la bruma y hacerle frente a la vida. A aquellos deberes y personas que igual me siguen reclamando que esté. No siempre puedo bajar la persiana y esperar a que me pase.

Pero hoy, tengo conciencia. Soy conciencia plena y compasión conmigo misma, ante todo. Por eso decido encontrarme con la Danza, entregándome a la diosa, logro transitar el remolino, confiar en lo que soy, en el Ser. Confío, me entrego, navego, transito, contemplo, compasivamente y amorosamente… salgo del trance, me conecto de nuevo con la vida, con el mundo, con el milagro del ahora… simplemente RECUERDO.

Abro los ojos, respiro, tomo agua… y poco a poco me vuelvo a conectar con el mundo exterior. Salgo a la calle y me doy cuenta que amaneció y la tormenta ya pasó y desde aquí… todo se ve y se siente más claro, calmado y más nítido. Es la sensación de la PAZ.

La Danza Primal, me permite sacar lo mejor de mi… cómo lo hace? NO TENGO NI IDEA ni pretendo tenerla.

Feliz Fin de Semana.

 

Transitando las crisis emocionales

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Los temas que surgen para escribir estos artículos, siempre emergen de situaciones reales y recientes de la vida real y estas aparecen siempre como una tendencia: varias personas llegan comentando la misma situación o  alguna muy parecida y esta es la manera en la que dejo que el universo mismo sea quien decida los temas y se convierta en la inspiración para escribir estos artículos.

En estos días, ha aparecido el tema de aquellas crisis de tristeza, dolor, incertidumbre. Aquellos momentos en los cuales nos sentimos en un limbo en nuestra vida y que nos hundimos, ahogándonos en huecos, mares de tristeza, de dolor, de angustia, de incertidumbre y desesperanza. Toda luz se apaga a nuestro alrededor y los colores de nuestro mundo se vuelven grises. Bien sea que estemos atravesando por la muerte reciente de algún ser querido, una crisis de pareja, o simplemente “no nos hallamos”; cerramos los ojos y estamos en un punto, en donde nos sentimos paralizados. Por un lado no podemos detener el sentir estas emociones y buscamos desesperadamente cómo dejar de sentirlas y por otro, la posibilidad de dejarnos llevar por ellas nos parece aterrador.

Si bien, ambas opciones existen, mi consejo es mejor seguir la segunda. ¿Por qué?… porque si decidimos anestesiarnos al dolor (¡lo cual es totalmente respetable!. ¡Cada quien maneja sus crisis como puede!), cuando pase el efecto de la anestesia, nos vamos a sentir peor. Sea cual sea la anestesia que elijamos, eventualmente nos encontraremos mirándonos al espejo, contemplando el reflejo del dolor nuevamente ante nosotros.

Así como el mensaje que nos deja la película “Intensamente” (Inside Out), la mejor manera de manejar lo que nos pasa en la vida es viviendo nuestras emociones a medida que aparecen. Aceptarlas y reconocerlas. Ya que son la mejor guía que podemos tener. Las emociones y las crisis están ahí para llevarnos por el camino que debemos transitar y para protegernos. Y en los casos de estas crisis profundas y dolorosas, como nos lo muestra la misma naturaleza: después de la tempestad, viene la calma. Después de la destrucción, renace la vida… y nuestra vida no es la excepción.

Si estás en uno de estos momentos que menciono aquí, quisiera invitarte a hacer el siguiente ejercicio. No sin antes recordarte que cuando estés en crisis, no la tienes que cargar solo/a. Rodéate de personas; tu familia, amigos, pareja, padres, vecinos, personas en el parque, compañeros de trabajo, etc. NO ESTAMOS SOLOS, NI TENEMOS POR QUÉ ESTARLO. También, si sientes que no aguantas más, ¡PIDE AYUDA PROFESIONAL!. No eres ni el primero ni el último que está pasando por dicha situación. Eres humano y como tal, tienes derecho a que te cuiden y te ayuden. Busca a un psicólogo, a un amigo, a un consejero, pero ¡no a un bartender! (¡ojo!…pasa).

Meditación  – Visualización para momentos de crisis profunda e intensa:

Busca un lugar en donde te sientas cómodo en una silla o en el piso, cama o donde te sientas más cómodo. Este ejercicio lo puedes hacer acompañado de alguien que te cuide. Especialmente si sientes que estás muy deprimido, entonces ¡NO LO HAGAS SOLO!

  1. Siéntate cómodo, cierra los ojos y respira profundo.
  2. Conéctate con la emoción que te incomoda o aqueja en este momento. Déjala que surja.
  3. Imagina que le subes el volumen o la intensidad y déjala que aflore en tu rostro, cuerpo. Si sientes ganas de expresarlo con sonidos, palabras, quejidos, gemidos, lágrimas, gruñidos, etc., permítete expresarlo.
  4. Luego respira profundo y sigue sacando de tu cuerpo estas emociones, como si fuesen una sustancia o un objeto que pudieses sacar de tu cuerpo y ponerlo afuera. Si te sirve, puedes visualizar que luego de haber expresado esas emociones, las sacas de tu pecho y vientre como si fuesen un hilo largo y enredado. Imagina que lo vas sacando lentamente con ambas manos y lo vas dejando fuera de ti.
  5. Después, continúa con los ojos cerrados, cómodamente sentado, respira profundo e imagina que eso que sacaste fuera de ti, se convierte en un río. Imagina que el agua va corriendo y que tu estás sentado a la orilla del río de tus emociones contemplándolas, mirándolas, aceptándolas y dejándolas fluir. Estas emociones, no están ya dentro de ti, o por lo menos ya no las sientes con tanta intensidad, sino que están fuera de tu cuerpo y ahora las haz convertido en un río que fluye frente a ti.
  6. Cierra los ojos, recuéstate y siente cómo ese sonido del agua corriendo, te invita a dejarte llevar. Déjate llevar por la corriente que siempre lleva todo a un lugar diferente al que estamos.  Luego, podemos despertar de ese pequeño sueño o estado de relajación, abriendo los ojos y sintiendo que ya amaneció, que la vida continúa y que hoy es otro día, otra oportunidad para que sucedan milagros. Acepta, agradece, perdona.

Si al despertar al día siguiente sientes que sigues en medio de la pesadilla, vuelve a hacerlo todo de nuevo. Imagina que estos momentos son como un proceso de desintoxicación, limpieza y profunda transformación.

Te recuerdo que  este ejercicio NO REEMPLAZA UNA OPINIÓN NI TRATAMIENTO PROFESIONAL. Si sientes que lo que te pasa es más complejo y difícil que la solución que aquí te planteo, cuéntame tu caso y buscaré orientarte de la mejor manera posible de acuerdo a tus necesidades y posibilidades.

¡Besos!, ¡Cariños! y ¡Abrazos! y ¡MUCHO ÁNIMO!